Narciso y la tragedia

Oscar Wilde, igual que Kafka, solía alterar el desenlace de los mitos y las leyendas, y por eso escribió que cuando Narciso se inclinó sobre la superficie del lago y preguntó quién era el más bello de los hombres, el lago se miró en los ojos grandes del joven vanidoso y respondió: «yo».

Todas las personas tienen un núcleo narcisista que se mantiene activo gracias a ilusiones y autoengaños que amortiguan con sus espejismos (y espejos) la cruda realidad. Pero la mentira por excelencia, el corazón de Narciso, es la ilusión de infinitud, o bien la negación de la muerte, ya que el narcisismo se sostiene más por negaciones que por afirmaciones, ya que su razón de ser es la negación rotunda de la realidad.

Narciso es el gran negador. Para él, un fracaso personal es una injusticia. Los propios errores y defectos son culpa de los otros (los padres, los educadores, los políticos), los logros ajenos son pura casualidad y la muerte, sobre todo la muerte, es algo que le sucede a los demás, siempre.

Un sobreviviente del sismo de Asia declaró a los medios: «Me salvé porque estaba decidido a no morir». Pero entonces, las miles de personas que perecieron en esa catástrofe, ¿no estaban decididas a vivir? Indudablemente, sí lo estaban, y sin embargo el mundo espectador tiende a identificarse más con el orgulloso sobreviviente que con las 150 mil víctimas mortales. Y es natural: ¿cómo podría seguir existiendo el mundo sin nuestras miradas? Si hasta un genio como Juan Ramón Jiménez escribió: «Cuando el filo de la muerte me tale/ se vendrá abajo el universo». ¿Y no ganó ese poeta el premio Nobel? Sí, es verdad tanto que lo ganó como que murió el 29 de mayo de 1958 sin que el universo se diera por enterado de su muerte.

A Narciso, por lo tanto, las muertes ajenas (lo de «ajeno» es para él una tautología) en vez de hacerle tomar conciencia de su vulnerabilidad lo afirman en su sentimiento de poder, que excluye, por demás, el sentimiento humanitario de la conmiseración. ¿Se ahogaron miles de personas en Asia? Es porque no supieron mantener la calma en medio de la confusión -nos susurra Narciso al oído-, o porque la desidia los llevó a construir viviendas precarias que se desmoronaron al primer embate de las olas. Yo, en cambio, me hubiera trepado a un techo sólido o a una palmera. ¿Que, además, murieron 183 jóvenes en una discoteca de Buenos Aires? ¡Qué absurdo! Yo hubiera estado, por precaución, cerca de la salida, pero como ni yo ni mis hijos frecuentamos esos lugares, nada malo puede sucedernos.

Es así como Narciso, el gran negador, el gran temeroso de la muerte, niega su finitud y se vale de la muerte de los otros para afirmarse en su vanidad. Entonces la muerte ajena provoca justo el efecto contrario del que debería provocar. El gran escritor francés François Chateaubriand afirmó: «Los que mueren, lo hacen para nosotros», queriendo decir que la muerte es una enseñanza para los que quedan. ¿Qué clase de enseñanza? Fundamentalmente, que el hombre debe aceptar con humildad su condición y ver en el otro a un semejante (principio de toda caridad bien entendida), pero también que el tiempo debe aprovecharse, puesto que la vida es limitada; que deben expresarse sin postergación los sentimientos más profundos y que la escala de los propios valores debe ser revisada, sobre todo si el ego insaciable de Narciso sucumbió a las tentaciones de una sociedad que promete paraísos de satisfacciones ilimitadas.

No por nada la meditación sobre los propios límites fue considerada por Platón como el punto de partida de una vida madura y responsable, cimentada en lo que verdaderamente importa. Sin esta conciencia de la propia finitud, es imposible no llevar una vida superficial y sin aspiraciones nobles y, mucho más, conquistar la virtud cardinal de la prudencia, madre de todas las virtudes.

Las recientes catástrofes, en suma, con sus imágenes y cifras espeluznantes, pueden servir nada más que para excitar el morbo y la vanidad del Narciso que hay en nosotros o bien pueden ayudarnos a que se nos despierte una comprensión más profunda de la vida, que significa nada menos que el comienzo de la vida filosófica predicada tanto por Platón, como por Séneca y Confucio. Con el cultivo de esa conciencia de la verdad de nuestra condición humana, es posible honrar a las víctimas de Asia y la Argentina y contribuir a que esas muertes no hayan sido completamente en vano.

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