Guerra y amor en el siglo XXI
Philippe Morillon, el general francés que comandó las fuerzas de las Naciones Unidas en Bosnia, al notar el entusiasmo del ejército norteamericano por la eficacia del misil Tomahawk, exclamó: «¿Quiénes son estos soldados dispuestos a matar, pero no a morir?».
Lo mismo habría dicho Morillon a propósito del primer escuadrón de robots armados que Estados Unidos enviará a Irak en sólo dos meses, y que -por demás- es una violación de la primera de las tres leyes de la robótica formuladas por Isaac Asimov, que reza: «Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño». En este caso, el robot está creado para dañar a un ser humano y, más concretamente, para matarlo de un modo frío y eficaz, como en un juego electrónico. De hecho, el Pentágono anunció que muy pronto los soldados podrán manejar sus robots con una manija de control ( joystick ) idéntica a la de los juegos virtuales, y que utilizarán anteojeras con visores. Así que la guerra ya no será un espectáculo solamente para el televidente ocioso, sino también para muchos de sus protagonistas. Los únicos que no gozarán de esa virtualidad serán las víctimas de sangre caliente, para quienes las bombas y las balas serán algo más que un estruendo de parlantes y un color rojo en la superficie de una pantalla.
«Estamos dando un servicio muy grande a nuestros hombres y mujeres de uniforme al brindarles mayor protección», declaró a LA NACIÓN Bob Quinn, gerente de la compañía fabricante de los dieciocho robots que operarán en suelo iraquí; y es verdad, sólo que aquí el honor y la valentía de los soldados no importa, y también se soslaya el hecho de que, en la guerra, matar sin exponerse equivale a exterminar.
La guerra del futuro tan temida ya casi ha comenzado y se caracteriza por la virtualidad, la frialdad e instantaneidad en el acto de matar, la deslealtad y una distancia mayor entre las partes en conflicto. ¿No puede decirse lo mismo de las relaciones amorosas del siglo XXI?
SACAR EL CUERPO
Tanto la guerra como el amor están signados hoy por los avances de la técnica, y uno y otro son cada vez más virtuales y distantes, más instantáneos y sin compromiso, más fríos y desleales. El soldado y el amante procuran operar a distancia, sin riesgos, parapetados detrás de un visor o una pantalla. Sufren de «pánico escénico», y prefieren el simulacro a la realidad: muy pronto, veremos a los soldados jugar a la guerra con sus robots comandados a distancia, así como los amantes virtuales juegan hoy a que se enamoran, y sustituyen el diálogo personal por el chateo y el contacto físico por un simulacro de unión conyugal. Más aún, ya existen más de 50.000 matrimonios virtuales en la red, de parejas de entre 18 y 45 años de edad, y los que quieren divorciarse sólo deben presionar algunas teclas para que «el otro» se pierda para siempre en el ciberespacio.
Asistimos a una especie de neorromanticismo o ciberromanticismo, en el que se prefiere el ser imposible y lejano («vago fantasma de niebla y luz», según Bécquer) a la persona concreta que puede corresponder el afecto. La persona real y próxima se vuelve cada vez más indeseada, por cometer el terrible pecado -dice Paul Virilio- de ser real y «estar ahí». En consecuencia, los divorcios reales se multiplican en todo el mundo a la par de las infidelidades y la cibersexualildad. Tanto es así, que los japoneses ya desarrollaron en algunas computadoras sensores que reciben y transmiten impulsos para que los usuarios puedan hacer el amor a distancia de modo ficticio y seguro, sin riesgo de contagios ni decepciones (el ejército norteamericano, a su vez, desarrolló sensores del tamaño de un insecto para controlar sin riesgos el espacio del terreno enemigo).
A 400 años de la publicación del Quijote , las personas vuelven a preferir los amores imposibles a los reales, y así como Quijote le cambió a su «dulce enemiga» el nombre real de Aldonza Lorenzo por el ideal de Dulcinea del Toboso, el 80% de los adictos al chat usan nombres de fantasía para que cada cual pueda fabricarse como le plazca la imagen de la persona que está «del otro lado». Y aun cuando Cervantes advirtió que escribió su novela «para poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballería», es decir, para alertar sobre la tentación del idealismo excesivo, la evasión de la realidad es una inclinación demasiado poderosa.
Y es que la ficción es más segura, pero también más desesperante, porque se alimenta del miedo y de la indefinición. La realidad, en cambio, exige compromiso y una apuesta sin reparos, es decir, valentía. «¡Sangre, sangre, sangre!», les gritaba el famoso director de teatro Konstantin Stanislavski a sus actores antes de una representación, para animarlos a entrar en escena con arrojo y confianza. El temor a la dificultad -les enseñaba- no debía paralizarlos, ya que el obstáculo es más una ayuda que un impedimento. Kant decía lo mismo de este modo: «La ligera paloma, al sentir la resistencia del aire cuando vuela libremente, podría imaginar que volaría mejor en un espacio vacío». Como la paloma kantiana, el hombre puede creer que la realidad es un obstáculo que debe evitarse, pero la existencia se define por la lucha contra las dificultades (un simple paso es la detención de una caída y un triunfo sobre la ley de gravedad, que opone resistencia a la vez que posibilita). Ergo, la realidad es más ardua que la ficción, pero es donde la vida avanza y se pone a prueba.
Misiles teledirigidos, robots homicidas, ataques de pánico como «mal del siglo», el chat y la exacerbación de la timidez, el ensayo perpetuo y el antifaz cibernético son algunas cualidades de este siglo marcado por la tecnología. Y quizá sea hora de plantear tres leyes de la «humanística» que completen las de la robótica, la primera de las cuales podría ser: «Un ser humano no debe dejarse avasallar por sus propias invenciones o, por inacción, permitir que la guerra y el amor los hagan, en su lugar, las máquinas»
http://www.lanacion.com.ar/679723-guerra-y-amor-en-el-siglo-xxi