¿Por qué Ratzinger?

¿Qué pudo llevar a la cúpula de la Iglesia a elegir a un hombre de las características de Ratzinger? ¿No era que los tiempos actuales requerían un papa joven, carismático y progresista? ¿Cómo es entonces que fue elegido uno casi octogenario, apenas simpático y conservador a ultranza? ¿No necesitaba el mundo un padre moderno y comprensivo, y no un abuelo bondadoso pero severo?

¿Acaso la Iglesia cometió un error táctico al desoír las exigencias de un mundo ávido de lineamientos morales que se ajusten a los paradigmas corrientes del siglo XXI? ¿Le faltó al Espíritu Santo un asesor de imagen que lo ayudara a considerar que el nuevo papa debía estar hecho a imagen y semejanza del mundo, y no sólo a imagen del Dios que el sucesor de Pedro representa en la Tierra? Pero ¿hubiera sido esto posible?

Incluso muchos católicos fervientes miran con reservas al doctrinario alemán, con la secreta esperanza de que el nombre papal de Benedicto XVI haga que los católicos olviden la fama de rigidez e intransigencia que envuelve al nombre de Joseph Ratzinger, que, más que un nombre, es todo un símbolo de la ortodoxia cristiana en su versión más estricta.

«Por algo Juan Pablo II lo eligió como mano derecha en su pontificado», piensan algunos, procurando encontrar algo de tranquilidad. «Los designios de Dios son misteriosos», arguyen los más píos. «Es sólo un papa de transición, y nada más que el número 265 de una institución que tiene una historia de dos mil años», se consuelan los que miran al futuro con ansias de apertura y renovación. Pero en todos los casos sigue latiendo el mismo interrogante: ¿por qué Joseph Ratzinger?

Tal vez la respuesta pueda buscarse en algo tan simple como la definición de la palabra «equilibrio». En la tercera acepción del término, el Diccionario de la Real Academia dice: «Peso que es igual a otro y que lo contrarresta».

Casi nadie duda de que Ratzinger sea incluso excesivamente severo en sus posiciones doctrinarias, y hasta el propio Juan Pablo II tuvo que salir a moderar las declaraciones del purpurado alemán en más de una ocasión. Pero tampoco duda nadie de que vivimos tiempos de bancarrota moral, en los que han crecido en forma alarmante la violencia, la injusticia social, la pornografía y la explotación infantil, el cómodo relativismo general en casi todos los órdenes de la vida, el desmoronamiento de la institución familiar (cimiento de la cultura y de la sociedad), la alienación del hombre moderno por la búsqueda desenfrenada del placer, el poder y el entretenimiento, la pérdida del respeto por la vida en todas sus formas, etcétera.

De modo que, considerada la nueva elección papal desde una lógica cimentada sobre el principio del equilibrio de fuerzas, Ratzinger vendría a contrarrestar con su rigorismo doctrinario el excesivo relajamiento de las costumbres modernas y a marcarle un rumbo fijo e inamovible a una humanidad que navega a la deriva por los siete mares de la confusión generalizada.

Si el nuestro fuera un tiempo de puritanismo y de hipocresía moral, como lo fue la época isabelina, entonces el mundo necesitaría, sí, un papa flexible y, en cierto sentido de la expresión, moderno (nunca posmoderno), pero en un siglo en el que se desdibujan los límites de todo (fronteras y valores, deberes y derechos) quizá sea necesario un papa de principios muy firmes, e incluso rígidos, que sirva a los hombres de norte y referente en medio de la borrasca cultural imperante. Esto no significa que si viviéramos en un siglo más estable y conservador el papa aceptaría el aborto y la eutanasia, sino que su prédica sería, quizá, menos principista y estaría orientada hacia otro tipo de cuestiones.

Sin embargo, no debe olvidarse que el flamante Benedicto XVI es el sucesor de Pedro y que Pedro significa piedra o roca, por representar en los tiempos mudables la firmeza de la verdad imperturbable e incorruptible de la doctrina cristiana. Se sostiene que la misma palabra «papa» corresponde a las iniciales de cuatro palabras latinas: Petri Apostoli Potestatem Accipiens, que se traducen como «el que recibe la potestad del apóstol Pedro», así como el vocablo «pontífice» significa «constructor de puentes» y es una denominación que se acuñó en tiempos pretéritos y que puede interpretarse hoy como «el encargado de tender puentes entre Dios y los hombres».

Y los puentes, cabe recordar, son de piedra sólida, así como los cimientos de los templos, los templos mismos y la fe de los patriarcas de todas las religiones del mundo.

Benedicto XVI, por lo tanto, de aspecto algo frágil y aire condescendiente, pero guardián de una doctrina de dos mil años de vigencia, quizá tenga la misión ardua y hasta ingrata, en algún sentido –por su particular severidad–, de servir de contrapeso de muchas de las tendencias ideológicas dominantes, las cuales, por lo demás, también son muy severas, en tanto que no admiten otro absoluto que el relativismo moral ni otra ley que la transgresión de toda ley.

Esto explicaría la elección de un hombre como el cardenal Joseph Ratzinger, que hoy, tal vez, podría hacer suyo aquel verso del poeta Antonio Porchia que dice: «Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el universal equilibrio del que soy parte no pierda el equilibrio».

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