¿Que es más peligroso que un filósofo haciendo cálculos matemáticos? Un físico haciendo razonamientos filosóficos. Acaba de salir el nuevo libro de Stephen Hawking: Brevísima Historia del Tiempo. Con esta nueva obra, el célebre físico inglés intenta dar una explicación más clara de sus teorías que la que dio en la Breve Historia del Tiempo, la obra de divulgación científica más vendida y menos entendida del siglo XX. Y es que en rigor de verdad, esa obra no es para el gran público, sino para quienes tienen conocimientos de física y matemáticas. Al concluir la lectura de ese libro, uno se ve tentado a parafrasear a un político que, tras oír la explicación de la teoría de la relatividad de boca del mismo Einstein, le dijo a un amigo: «¿Que si entendí su teoría? No, pero te aseguro que él la entiende perfectamente bien».

Sin embargo, el mayor problema de las obras de Hawking no es que sean inaccesibles al lector común sino que, a partir del planteo complejo de sus teorías científicas, el autor elabore pensamientos filosóficos sin consistencia, que el lector acaba aceptando «religiosamente», al no poder comprender la fuente de la que esos pensamientos derivan. Es como si un prestigioso matemático, considerado un genio por todo el mundo, llenara un pizarrón con ecuaciones ante un público que apenas pudiera dividir por dos cifras, y rematara su explicación con un rotundo: «y por eso afirmo que en realidad las manzanas siempre existieron en el universo, y no pudieron ser creadas por una mente divina que esté más allá del espacio-tiempo». La conclusión podría ser también que «todas las manzanas son cuadradas», o que «para explicar el universo Dios es innecesario» (Hawking), y la reacción del público sería la misma: aceptación sin reparos de la sorprendente conclusión del genio.

Algo semejante ocurre con las obras de Hawking. El lector acaba aceptando sus teorías filosóficas a fuerza de no entender sus teorías científicas, en virtud de un sagrado respeto que tiene mucho de supersticioso y de idolátrico. Curiosamente, lo que la ciencia le critica a la religión desde hace cuatrocientos años es lo mismo que ella misma hace ahora, y es exigir de las personas la aceptación ciega de sus enseñanzas, según el coercitivo y nada democrático principio de autoridad. «Lo dice Hawking», afirma hoy la ciencia, y lo repiten sus admiradores con el mismo tono con el que los religiosos de antaño decían «lo dice la Biblia», aun cuando la mayoría no sabía de latín otra cosa que habemus papam.

Entre las cosas que Hawking dice está aquello de que el universo no tiene una sola historia, sino «todas las historias posibles». Borges decía lo mismo con respecto al Quijote: «Hay tantos Quijotes como lectores hubo de esa obra de Cervantes». Y estamos de acuerdo, siempre y cuando el lector haya guardado una fidelidad imaginativa con el original. Si el Quijote imaginado por un lector es un moro disfrazado, o un precursor de la física cuántica, ese Quijote es «erróneo», y no merece llamarse como el hidalgo de la Mancha.

Con el universo sucede lo mismo. No hay «todas las historias posibles», sino sólo aquellas que se corresponden con el universo real que sirve de modelo. Si hay tantos universos como teorías posibles, ¿qué ocurre con la teoría de que hay un solo universo posible?

La afirmación de que el universo tiene todas las historias posibles atenta contra el más elemental de los principios: el de realidad. Claro que Hawking, al hablar de la realidad, advierte: «sea lo que sea lo que esta palabra signifique», y también: «un modelo matemático no tiene derecho a identificarse con la realidad». Pero entonces, ¿no hay nada cierto que pueda afirmarse del universo que habitamos?

El problema de Hawking, como el de muchos físicos modernos, es que proyecta en la realidad su propia incertidumbre, como si fuera el universo el incierto, y no la inteligencia humana, limitada e imprecisa.

Es verdad que –como afirma Hawking– el universo no cabe en el modelo de una teoría, pero esto no implica que alguna teoría no pueda caber en el universo, aunque quede muy pequeña dentro de él. Asimismo, el universo es demasiado grande como para ser abarcado con el pensamiento, pero la inteligencia humana no es tan pequeña que no pueda atisbar algo de su verdad.

En el mismo orden de cosas: el universo es demasiado creativo y cambiante como para que puedan conocerse todas sus leyes, pero no es lo bastante impredecible como para que se lo considere caótico.

Es demasiado vasto como para saber si su comportamiento es el mismo en toda su extensión, pero no lo bastante inabarcable como para que no se observen comportamientos semejantes en las partículas y los sistemas solares, en los cometas y las balas de cañón, en la formación de las galaxias y de los caparazones del caracol.

El universo es demasiado complejo como para ser explicado con una sola teoría, pero acaso su complejidad radique en su extrema simplicidad.

El universo es lo bastante maravilloso como para que «la vida sea posible en once dimensiones», o en diez mil si se quiere, pero es también lo bastante real como para que se desarrolle en las cuatro dimensiones que nosotros conocemos.

El universo es lo bastante maravilloso como para que sea posible viajar por un agujero de gusano hacia otro punto del espacio y el tiempo, pero es lo bastante concreto como para que a la vuelta de la esquina no nos topemos con el mismísimo Alejandro Magno.

Al leer a Hawking, se tiene la impresión de que imaginar una teoría posible equivale a pensar una realidad posible, pero es un error. Lo que uno imagina no es necesariamente posible ni en este universo, ni en ningún otro, por la sencilla razón de que hay cierta lógica observable en la realidad, que es justo trasladar a todos los universos posibles o imaginables: si de una semilla de roble sale siempre un roble, es deshonesto creer que si esa semilla se plantara en otro punto del espacio podría salir un jabalí o un candelabro.

El resultado de esta actitud teórica con respecto al universo es un flagrante relativismo que impide afirmar nada cierto del universo, excepto que no hay nada cierto. ¿Pero es sensato pensar de este modo? Einstein puso límites al libertinaje de las teorías posibles al afirmar que «si una teoría no es bella, seguramente no es verdadera», dando a entender que por más extraordinaria que pueda ser una teoría, debe estar en consonancia con la armonía del universo para que sea probable.

Otra actitud, común en Hawking, es desvalorizar el universo conocido al cotejarlo con un universo posible: «Vivimos en una región permitida antrópicamente, en la cual la vida es posible. Pero creo que habríamos podido escoger un lugar mejor». Que es igual a decir que caminar por la superficie de la tierra no es nada admirable, ya que en otro universo imaginario podríamos volar. Pero qué es realmente mejor: ¿caminar en un universo real o volar en un universo hipotético?

En suma, Stephen Hawking, físico genial y esfinge sagrada de nuestro tiempo, es un claro exponente de nuestra era de vacilación y desencanto. Y si de Newton se dijo: «Y Dios dijo ¡hágase Newton!, y todo fue luz», del físico inglés tal vez pueda decirse: «Y Dios dijo ¡hágase Hawking!, y todo fue relativo».

El autor es profesor de Filosofía y escritor.

http://www.lanacion.com.ar/706518-hawking-y-el-universo

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