¿Qué sucedería si en la Argentina comenzara a caerse un avión por semana? Se viviría un clima de catástrofe y las medidas por tomar serían inmediatas. Nadie volaría hasta que hubiera garantías de seguridad, y los responsables de los siniestros serían juzgados como poco menos que criminales. Entonces, ¿por qué no sucede lo mismo con los accidentes viales? Las muertes por accidentes de tránsito equivalen en nuestro país a la caída semanal de un avión: en 2004 murieron 30 personas por día en choques de vehículos, y un Boeing 707 tiene capacidad para 219 pasajeros.

El problema es que al tratarse de muertes aisladas, se tiene la sensación de que los accidentes de tránsito no son tan graves. Sin imágenes televisivas impactantes y el pánico colectivo consecuente, las 10.829 personas que murieron en 2004 por accidentes de tránsito y las 3933 del primer cuatrimestre de este año no parecen impresionar demasiado.

Sin embargo, ya tenemos el dato que acaso traiga inquietud a la población adormecida: la Argentina está primera en el ranking mundial de mortalidad por accidentes viales, que es como si estuviera primera en el ranking de inconsciencia e irresponsabilidad, de desprecio por la vida (propia y ajena), de ansiedad generalizada y de prepotencia automovilística. Pero también, primera en el ranking de duelos familiares por muertes al volante.

Y entonces surge la pregunta por las causas, y comienza el debate. Los psicólogos advierten sobre la identificación narcisista de la gente con sus autos veloces, convertidos por la publicidad en símbolos de poder y seducción (un problema de complejo de inferioridad, en suma). Los sociólogos destacan el fenómeno del creciente consumo de alcohol entre los más jóvenes, que es tan grave como la adicción a la velocidad de los adultos. A su vez, otros alegan razones más concretas, como la escasez de señalizaciones, la irresponsable fabricación de autos cada vez más potentes y la falta de control policial. Por su parte, Eduardo Bertotti, titular del Instituto de Seguridad y Educación Vial, reclamó en estos días «mayor educación vial y más controles por parte del Estado», para afrontar la catástrofe.

Y aquí damos, quizá, con una de las claves de la cuestión. ¿Puede el Estado argentino ejercer algún tipo de control eficaz en este o en cualquier otro asunto de urgencia, cuando él mismo es el símbolo por excelencia del descontrol nacional? Más aún: el vergonzoso primer puesto en el ranking mundial de accidentes viales, ¿no es acaso reflejo y consecuencia de la situación caótica del Estado?

El Estado, al que Kant definió como «una variedad de hombres bajo leyes jurídicas», depende en gran parte del buen desempeño de los magistrados. ¿Cómo conducen los jueces argentinos las causas que son de interés público? Respondamos con algunos ejemplos paradigmáticos: los asesinos del periodista Cabezas ya están libres. Los responsables de la tragedia de la discoteca Cromagnon están libres. Los funcionarios públicos que cobraron sobresueldos ni siquiera fueron encarcelados. Asimismo, en otros casos de criminalidad o corrupción, no menos graves, las causas están indebidamente «estacionadas», como sucede tantas veces con los automóviles que ostentan patentes del Poder Judicial.

Es verdad que, a veces, por la presión ciudadana, algún juez es removido de sus funciones por falta de imparcialidad, y otro es destituido por ociosidad y pereza. Pero estos casos, lamentablemente, no son representativos de la justicia argentina, que en general circula a contramano y con aire desafiante, por las autopistas de la impunidad, para disgusto de los jueces honorables que sí conocen la dignidad de su función.

¿Y nuestro jefe de Estado? El sí que es un típico «conductor» argentino. Pone el guiño para doblar a la izquierda, y dobla a la derecha, y ante la queja de otros conductores, baja el vidrio y les grita «¡hipócritas!», y se pelea con cuanto automovilista se cruza en su camino, o que quiere ponérsele a la par y aventajarlo. En donde lee: «Peligro: calzada resbaladiza», en vez de disminuir la velocidad clava los frenos y colea temerariamente, para demostrar que no le teme a nada, y que él nació para ese tipo de maniobras imposibles. Y si acaso ve una señal que anuncia: «No pasar: jurisdicción del Poder Judicial», se sube al cordón y embiste el cartel, para después bajarse del auto un momento y abrazarse con la multitud. Entre saludo y saludo, de paso, les renueva por diez años el carnet de conducir a los canales de televisión abierta, en donde las imágenes obscenas transitan día y noche sin censura y los programas mediocres atontan sistemáticamente a la población.

En verdad, con semejante piloto, el Estado, que comúnmente ha sido comparado con una nave, merece ser comparado ahora con un bólido que se desplaza con las luces altaneras encendidas y a los bocinazos, siempre en carrera política, con un altavoz en el techo para hacer proselitismo en donde sea y cuando sea y con la vistosa patente del Poder Ejecutivo en sus partes delantera y trasera, para que no quepan dudas de «quién es el que manda».

¿Y la primera dama? Mientras conduce peligrosamente con el espejo retrovisor vuelto hacia ella misma, corre picadas electorales con la «segunda dama», sin reparar en los niños descalzos del semáforo ni en los transeúntes que acuden a sus labores, no para ganar ninguna competencia y envanecerse con el triunfo, sino, simplemente, para trabajar con esmero, a pesar de que la paga del mes apenas les alcanzará, de seguro, para lo mínimo indispensable.

En semejante clima de descontrol, esnobismo y permisividad, pueden verse aquí y allá piquetes en las avenidas de la educación, de la salud y de la Justicia, mientras en el aire se respiran vientos de anarquía y riesgosa desorientación.

¿Habrá que someter a los gobernantes a un control diario de alcoholemia para medir el grado de embriaguez de poder? ¿Se les tendrá que hacer leer en un pizarrón, cada mañana, palabras como «justicia», «responsabilidad», «servicio», «honestidad», «humildad», escritas en distintos tamaños, para conocer hasta dónde son capaces de ver sus cruciales significados?

Como fuere, todo indica que la alarmante cifra de muertes por accidentes de tránsito está relacionada con el descontrol del vehículo estatal, que en su loca carrera no reconoce límites ni normas, evade infracciones «arreglando» con quien corresponda, tiene como prioridad máxima «la consagración del poder», y se desentiende ?por una rara mezcla de egoísmo y demagogia? de su fin supremo, que es el correcto funcionamiento de las instituciones públicas en aras del bien común.

¿Que la causa debe buscarse en la muy singular personalidad del argentino medio? De ningún modo. Los conductores de autos de otras naciones no son más obedientes que los argentinos, ni más serenos, ni menos narcisistas, ni más respetuosos del prójimo. Simplemente, saben que las leyes de sus países se aplican, y no quieren perder sus licencias ni tener que pagar multas severas ni ir presos. Las autoridades existen, y se hacen respetar. He ahí el secreto. Cuando esto no ocurre, la corrupción del Estado se propaga fatalmente por todo el cuerpo de la ciudadanía hasta no saberse en dónde fue que comenzó el proceso de descomposición.

Por tanto, el exceso de velocidad en nuestras calles y la continua transgresión de las normas de tránsito es consecuencia directa, no ya de la impunidad, sino del exceso de impunidad en las esferas del poder político. Mientras tanto, el velocímetro de la corrupción marca 150, 200, 250. ¿Qué deberemos hacer para frenar esta demencia? ¿Habrá que juntar ante las cámaras televisivas todos los autos accidentados durante una semana, para que el revoltijo de hierros retorcidos semeje los restos de un avión siniestrado? ¿O se deberán exhibir juntos los cuerpos de las víctimas, como sucede en las catástrofes, para que cada cual tema ver entre esos muertos, esos heridos y esos lisiados a un hijo, a un hermano, a una madre? o, incluso, a sí mismo?

El autor es profesor de filosofía y escritor.

http://www.lanacion.com.ar/710452-muertes-por-exceso-de-impunidad

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