“Siempre digo que de mi grupo de amigos soy el único que conoció a Yrigoyen”, comenta, sonriente, Enrique Zuleta Alvarez, historiador apasionado y testigo vivo de la Argentina de tiempos pretéritos. Desde su infancia estuvo ligado a personajes que un día serían célebres. Su padre tuvo una destacada actuación junto a Alvear e Yrigoyen y su madre fue sobrina de José S. Alvarez, mejor conocido como Fray Mocho, el creador de Caras y Caretas.

A los 82 años, conserva intactos su vigor intelectual y la jovialidad de su carácter. “Somos un pueblo creativo. Por eso tengo mucha fe en la recuperación de la Argentina”, dice Zuleta Alvarez.

Nació en La Plata, en 1923, pero se radicó tempranamente en Mendoza e ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, institución de la que llegaría a ser rector. Con una carta de recomendación de Eduardo Mallea, dirigida a Julián Marías, Zuleta Alvarez viajó a España para hacer estudios de perfeccionamiento. Allí fue alumno de Dámaso Alonso y conoció a filósofos, poetas e historiadores destacados.

En Mendoza, fue catedrático titular de Historia de las Ideas Políticas y Sociales Americanas y se desempeñó como profesor visitante en numerosas universidades de Europa, América y Estados Unidos. Entre sus obras más improtantes se cuentan «El nacionalismo argentino», «Historia, cultura y nación», «España en América» y «Pedro Henríquez Ureña, vida de un hispanoamericano universal». Fue, además, un bibliotecario entusiasta; actuó en política en diversas ocasiones -fue asesor del Ministerio de Educación durante el gobierno de Frondizi- y actualmente es miembro de número de la Academia Nacional de la Historia.

-Para describir la crisis actual de la sociedad argentina que se relaciona con la pobreza creciente y los hechos de violencia, se habla de latinoamericanización. ¿Qué opina al respecto?

-En primer lugar, el término «Latinoamérica» no está en mi vocabulario. Lo correcto es hablar de Hispanoamérica o de Iberoamérica. Cuando se habla de latinoamericanización se habla en un sentido negativo, en alusión a una serie de problemas muy graves, multitudinarios, que no se habían visto en la Argentina y sí en otros países de América. Es claro que con esa palabra hoy se quieren explicar fenómenos culturales varios, como la irrupción de masas y los desórdenes sociales, pero además de incorrecto es injusto que se hable de latinoamericanización, porque esos desórdenes están aconteciendo en todo el mundo. Si no, fíjese en el espectáculo que ofrece hoy Europa, la cultísima Europa, para no hablar de Oriente. En comparación con lo que está pasando en otros lugares, lo que acá sucede es realmente ínfimo. Habrá observado lo que está sucediendo en este momento en Francia…

-¿Por qué dice usted que hay que hablar de Hispanoamérica?

-Yo siempre digo que España nos legó la lengua castellana, la religión católica y, sobre todo, la capacidad de integrar y fusionar las razas en la convivencia del mestizaje. El mestizaje de razas es la cifra y la síntesis de América. Gracias a España, hemos podido realizar la gran hazaña histórica de la convivencia racial, que es un ejemplo único en un mundo desgarrado por odios raciales. Ningún país del mundo iguala a los países iberoamericanos en tolerancia, ni en Oriente, ni en Europa, ni en Estados Unidos. Piense usted que las guerras raciales no tienen solución. El odio por razones políticas o ideológicas tiene arreglo, pero el odio racial no lo tiene. Quien desprecia al otro por su raza o su color, no tiene cura. En América (de México a la Argentina), no sufrimos esa aberración. Este es nuestro orgullo, y no debemos olvidar que es un éxito de la cultura hispanoamericana en nuestras tierras.

-Si esto es así y España fue un ejemplo histórico de integración y tolerancia, ¿a qué atribuye el rechazo que hay en gran parte de América hacia la colonización y la cultura hispánica?

-En la conquista de América, España prolongó su territorio. Los americanos hemos sido en nuestros orígenes españoles de América. La negación de esta verdad es debida al desconocimiento de nuestra historia.

-¿Cree que la Argentina se aleja cada vez más de los países del Primer Mundo?

-Yo no creo que la Argentina se aleje del Primer Mundo. El fenómeno de la globalización impide el aislamiento. En cada cumbre política, las empresas y gobiernos extranjeros tratan con la Argentina para intentar solucionar problemas conjuntos. Por lo demás, Europa y Estados Unidos plantean hoy al mundo modelos que resultan atractivos.

-Si el liberalismo es un producto anglosajón, ¿no puede suceder que los países hispanos, la Argentina incluida, no puedan adaptarse al liberalismo por motivos de carácter e idiosincrasia?

-Eso es algo que ha sido sostenido por muchos historiadores, sobre todo norteamericanos, que plantearon que la cultura católica, con su visión absoluta, impide el relativismo y ciertas normas de la conducta política y social inherentes al liberalismo. Y en cierto sentido es cierto. Pero hoy tenemos el ejemplo de España, que sin perder su fisonomía esencial de país católico se ha adaptado a las normas de la política moderna y está funcionando en el marco del liberalismo moderno sin dificultades. Además, desde el siglo XVIII, España estuvo impregnada de las ideas del liberalismo. La versión del liberalismo que se recibió en América fue la de Jovellanos y otros intelectuales españoles. Claro que después, cuando se produjo el fenómeno de las constituciones, accedimos a los modelos ingleses y franceses. Jovellanos fue un español muy consultado por todos los hispanoamericanos. Nosotros nos formamos en la escuela del gobierno político español, y esa escuela era liberal. Por eso es que las ideas modernas abundaban en las universidades, y en la sociedad. Hoy ya no se piensa que los criollos de esa época eran ignorantes. Al contrario: conocían muy bien el pensamiento del mundo moderno.

-Si tuviera que destacar un hecho desgraciado de la historia argentina, ¿cuál sería?

-Las guerras civiles del siglo XIX, que postergaron durante mucho tiempo la organización republicana del país, no solamente por culpa del gobierno de Rosas, sino por el contexto de las guerras civiles y del acoso de los países extranjeros. A nosotros nos costó mucho organizarnos, pero esa organización es la gran hazaña argentina. Hay que recordar siempre esa pequeña comunidad de Buenos Aires que fue capaz de libertar a dos países y luego llevó a cabo luchas ingentes para consolidar la cultura y la civilización. No sólo ganamos guerras contra los extranjeros que querían humillarnos, como dijo San Martín, sino que acabamos con el salvajismo y la barbarie.

-¿Cuál es para usted el defecto nacional por excelencia?

-Yo diría que es la impaciencia.

-¿LA RELACIONA CON LA IMPROVISACIÓN?

-No, la improvisación es buena, tiene que ver con la creatividad. Pero quizá una cosa que sí es perniciosa, política y culturalmente hablando, es la tendencia al olvido. La Argentina no recuerda sus errores, y por eso los repite una y otra vez. Mi maestro Julio Irazusta solía decir que los argentinos no sabemos aprovechar los errores del pasado.

-Si ése es el defecto nacional, ¿cuál es la virtud?

-La acabo de mencionar. Es la creatividad. Los argentinos inventamos. Somos capaces de audacias de la inteligencia y tenemos una enorme capacidad de apertura a lo universal. Es la grandeza nuestra. El argentino se siente cómodo en su relación con lo universal, y eso nos viene de la tradición española. No nos asustamos de ir al extranjero. A donde vamos, inmediatamente avanzamos. Esto lo dice Borges en su magnífico ensayo sobre el escritor argentino y la originalidad. La creatividad y la capacidad de ser universales son las grandes virtudes nuestras.

-¿Estamos preparados más que otros países para afrontar el fenómeno de la globalización?

-Sí, y la prueba es que todo lo que nos llega del exterior, tanto las filosofías como las corrientes artísticas, las absorbemos, las asimilamos, las estudiamos, las imitamos? Y es un mérito típicamente argentino.

-La búsqueda obsesiva del argentino de su identidad nacional, ¿no perjudica su vocación universalista?

-De ninguna manera, porque, en la medida en que tenemos conciencia de cuál es nuestra índole y que conocemos nuestros riquezas y carencias, ingresamos en el mundo globalizado con mayor seguridad y con más éxito.

-¿Y qué es lo propiamente argentino?

-No es una sola cosa. Pero destacaría esta capacidad de ser universales, abiertos, receptivos.

-¿Cree que es posible profesar un sano nacionalismo?

-El nacionalismo es amar a la patria con sus virtudes y defectos. Yo pertenecí a un nacionalismo republicano que inauguraron en la Argentina los hermanos Irazusta y que consistió, ante todo, en la búsqueda de la soberanía económica. Era un nacionalismo sin xenofobia, sin racismo, enemigo de los golpes de Estado militares, tolerante, con una apertura cultural muy grande a Europa y a los Estados Unidos.

-¿Cree que la clase política argentina, marcada por la corrupción, representa a la ciudadanía, o se trata de una casta aparte que traiciona al pueblo?

-En todos los países del mundo hay sectores políticos corruptos que usufructúan los recursos del Estado con abuso. No creo que sea exclusivo de la Argentina. Y pienso que los políticos argentinos corruptos no son representativos, en tanto que hay millones de argentinos que no lo son. En este sentido, hay una crisis de representación política. La elite política ha quedado retrasada con respecto a sus obligaciones, pero no me animaría a decir que todos son corruptos. Hay que esperar la renovación. Hay que ser pacientes, porque es algo que va a ocurrir. Tengo grandes esperanzas en la capacidad de renovación de la Argentina.

-¿Hubo un tiempo en el que existieron políticos patriotas y abnegados? Si fue así, ¿qué provocó su extinción?

-Por supuesto que existieron, pero bueno, se murieron los pobres? Hay que tener en cuenta que la generación de Mayo, y la que le siguió, recibieron el impulso ético de la organización española de América. Ellos fueron los herederos de esa España gobernada por virreyes en diversos lugares de América, que solucionaba los problemas económicos, administrativos, militares y navales. De esa tradición proceden los libertadores. De ahí vinieron Andrés Bello, Bolívar y nuestros próceres. Esos hombres tenían un impulso patriótico de sacrificio que duró hasta muy adelantado el siglo XIX. No olvide usted que Sarmiento y muchos otros estaban todavía empapados de ese impulso ético, de ese ethos. Mientras eso duró, la Argentina y América conservaron un temple y una fuerza maravillosos que les venía de esos orígenes y que se fue extinguiendo a medida que pasó la historia y que los políticos patriotas fueron reemplazados por otros que desconocían esos orígenes, o que los negaban o atemperaban.

-Muchos extranjeros consideran a nuestro país el lugar ideal para vivir, antes incluso de que el cambio de moneda los favoreciera. ¿Lo atribuye a la vocación universalista de los argentinos?

-Sí, la gente acá es tolerante, abierta. La vida argentina tiene muchas delicias. Yo he vivido en el extranjero, y el que ha vivido afuera advierte que en la Argentina el trato de la gente es distinto. El argentino tiene facilidad para entablar amistad, para abrir el diálogo, para brindarse. El que ha probado eso no se va más. Y esa delicia de la que hablo va desde el gusto por la buena comida y el ocio, hasta cosas más elevadas. Es muy difícil que el que haya probado las bondades de nuestro país quiera abandonarlo. Si lo hace, es con sufrimiento. Hay una dulzura en la sociabilidad argentina que es estupenda y única.

-¿Cuál sería el camino para recuperar el temple y el espíritu que distingió a los próceres de otras épocas?

-Acudir a la historia, porque la historia nos ayuda a hacer memoria de lo que hemos sido, de lo que somos y de lo que podemos ser. Yo no creo que la Argentina esté incapacitada para recuperar sus valores. Yo tengo mucha fe en la recuperación de la Argentina. Y por eso creo que los modelos que nos ofrece la historia son tan importantes. Esos modelos no son mitos, sino que nos proporcionan símbolos para la acción humana, símbolos positivos y constructivos que amplían nuestra visión, nos ayudan a enriquecer el presente y nos proyectan con eficacia en el porvenir.

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