“La seriedad es un desastre nacional”, dice Torcuato Di Tella, sentado en su departamento de la Avenida del Libertador, sin perder ni por un momento su sonrisa, entre suficiente y socarrona.
Consciente de que es un intelectual atípico, que ha provocado más de un escándalo con sus declaraciones a los medios, aclara antes de comenzar la entrevista: “Los intelectuales se tienen que tomar licencias poéticas para decir las cosas desde otro lugar”, y explica que cuando Néstor Kirchner le ofreció la Secretaría de Cultura, él le advirtió al vocero presidencial: “Mirá que yo digo lo que se me ocurre”. Como el vocero le respondió: “El Presidente te lo pide y además el Gobierno fomenta que haya gente que opine de modo no convencional”, aceptó. Meses después fue despedido.
Cultor de un estilo ambiguo, niega con facilidad lo que acaba de afirmar o lo relativiza con un comentario humorístico, lo que le da un aire equívoco de dilettante despreocupado. Sin embargo, es un intelectual de reconocida trayectoria, tanto por sus obras sobre temas históricos, políticos y sociales como por su abnegada labor docente.
Di Tella nació el 29 de diciembre de 1929 en la ciudad de Buenos Aires. Se graduó de ingeniero industrial y es licenciado en Sociología. Realizó estudios en Columbia, Nueva York y Londres y fue profesor titular de cátedra en la Universidad de Buenos Aires. También dictó clases en Santiago de Chile, California, Texas, Stanford, Jerusalén y Oxford, entre otras casas de altos estudios. En 1958, fundó, junto con su hermano Guido, el Instituto Di Tella.
Entre sus obras se destacan «El sistema político argentino y la clase obrera», «Historia social de la Argentina contemporánea» y «Sociología de los procesos políticos».
-En diversas ocasiones, usted manifestó su interés por las versiones populares de la cultura. ¿Mantiene vivo ese interés?
-Sí? Mire: hay que valorar las expresiones culturales de los sectores necesitados, desde el folklore y las murgas hasta las obras de teatro sin actores especializados. Hay que valorar lo que hacen los grupos indígenas, así como sus idiomas. Y hay que valorar, qué sé yo… el Teatro Cervantes.
-¿Qué actividades culturales promovió como secretario de Cultura de Kirchner?
-Una de las cosas que hicimos fue crear orquestas de música. En la Villa 31 hay un tipo que enseña a la gente a tocar música clásica, con violín, flauta, guitarra… Llevamos esa orquesta al Cervantes. Mire, nunca hubo un grupo más zaparrastroso en el Cervantes, pero fue algo muy importante para todos los familiares que asistieron al concierto. También hicimos que grupos de desocupados pintaran cosas en algunos paredones. En general, reproducen pinturas existentes. Hubo muchos críticos de estas actividades, y hasta uno preguntó maliciosamente por qué no les hacíamos hacer cosas que supieran hacer, como clasificar basura. Está bien que son cosas feas y primitivas? ¡No van a reproducir la Gioconda! Son cosas de tipo naïf o folklórico.
-¿Sigue creyendo que es lógico que el actual gobierno no se interese por la cultura, ya que hay cuestiones más urgentes que atender?
-Yo no dije eso. Lo que yo dije en una entrevista (un poco para justificar al Gobierno) es que el Gobierno tenía que ocuparse de cosas más prioritarias. Un colega suyo me replicó: «¡Ah, entonces la cultura no es prioritaria!» En el diccionario, «prioritario» es una cosa que está antes de otra. Decir que la cultura es prioritaria es propio de gente obcecada con la cultura. Uno puede dedicar gran tiempo a la cultura en su vida privada, pero es un lujo que no todos pueden darse. Claro que cuando le dije esto a la Comisión de Cultura de Diputados, los tipos se horrorizaron y me pidieron que fuera a explicar mis palabras. Fui y, más o menos, zafé.
-¿Qué presupuesto cree que debería asignársele a la Secretaría de Cultura para que pudiera realizar obras culturales y educativas significativas?
-Yo hice un proyecto poco antes de terminar mi función para triplicar el presupuesto de Cultura, sabiendo que no iba a tener cabida, porque el primero que decía «no» era Lavagna, y no porque no le diera importancia a la cultura, sino porque la economía tenía prioridad.
-¿Dejar al pueblo sumergido en la ignorancia con la excusa de que hay que ocuparse de la economía no es el modo más perverso de dominación, ya que un pueblo sin instrucción es fácilmente manipulable?
-¿Usted va a poner estas preguntas en serio…? Sí, por supuesto que dejar al pueblo en la ignorancia es algo muy malo, pero no creo que se lo esté dejando en la ignorancia. Hay una serie de presiones sociales que hacen difícil poner más dinero en la educación. Ahora bien: se podría manejar mejor la educación. Se podría hacer que los docentes hicieran más esfuerzos y menos huelgas. No es fácil impedir las huelgas, pero hay que ver cómo se hace.
-Recordará el discurso interminable de Hugo Chávez en la anticumbre de Mar del Plata. ¿Le parece que fue un espectáculo digno de la cultura popular?
-¡Uy, Dios! Eso lo dice usted… Pienso que los gobiernos tienen que tener en cuenta a la opinión pública nacional, y hay un sector de la opinión pública al que le gusta Chávez? El Gobierno tiene que tener en cuenta a la gente de la calle, a los piqueteros, a los estudiantes? Es una parte del poder político del Gobierno, y una parte importante.
-¿Sugiere que es importante para el Gobierno que haya piqueteros?
-Si el Presidente tiene piqueteros afines, puede balancear mejor a los no afines, pero para tener a su lado a los afines lo que necesita es no reprimir a los piqueteros duros, y tampoco al grupo Quebracho… Bueno, los puede reprimir, pero no excesivamente. Si hace una represión mayor, enajena a los piqueteros buenos y enajena a una gran cantidad de sectores medio progresistas a los que les gusta, por ejemplo, Fidel Castro… A mí no me gusta Fidel, pero no me parece mal que el Presidente dialogue con él.
-¿Qué imagen del Presidente le resulta más convincente? ¿La de Kirchner con la mano en el hombro de Chávez o la de Kirchner con la mano en la rodilla de Bush?
-Esta pregunta es un poco comprometedora… Yo creo que es mejor la mano en el hombro de Chávez.
-¿Le parece más sincera?
-Sí, es más sincera… Pero las dos imágenes no son incompatibles. Por supuesto que Chávez se deschava con los epítetos con que califica a Bush. Pero, bueno, los políticos dicen cosas, y después no se atienen a su significado. En muchos lugares del mundo es así.
-¿Cómo explica la amistad y simpatía que le prodigan Kirchner y Hugo Chávez a Fidel Castro?
-Bueno, se trata de la necesidad de cultivar una relación en la que haya un poco de ideología semirromántica latinoamericanista.
-¿Qué piensa de la retórica setentista del Presidente?
-Mire: detrás de todas esas actitudes hay una convicción de que es necesaria una actitud nacionalista de ponerles límites a las actividades de los grupos empresariales privados e internacionales. Hay que negociar con ellos desde posiciones de cierto poder y no dejar que hagan cualquier cosa. Entonces, para eso hay que poner límites. Ahora, de ahí a tratarlos mal o pelearse con ellos, ya es un problema de orden psicológico. Yo pienso que se pueden hacer las mismas cosas con menos…
-¿Animosidad?
-La animosidad es algo que no interesa… Más bien diría con menos… expresión de animosidad. Y en cuanto a la actitud setentista, bueno, es sabido que el Presidente y su esposa estaban en la izquierda peronista en los años 70. Cuán intensamente, no lo sé. Aunque han evolucionado, siguen con cierta vinculación emocional con el pasado. Además, como dentro del entorno que los apoya hay bastante de eso, el Presidente tiene que atender a los grupos que lo apoyan.
-¿Cree que el Presidente respeta a esa otra mitad que no comparte sus ideas?
-Yo pienso que piensa más en una mitad de la población, pero es el costo del sistema electoral. Hay que resignarse a esto.
-En otro orden de cosas, se ha dicho que la televisión es la violación de las masas. ¿Está de acuerdo?
-Es una forma exagerada de hablar. Los medios de comunicación siempre privilegiaron al que los maneja con respecto al que los recibe, empezando con la Iglesia con respecto a los sermones.
-¿Puede explicar esa comparación?
-La Iglesia tiene privilegios que hacen que la gente esté obligada a escuchar los sermones… Pero por supuesto que se podría mejorar el nivel de la televisión. Tiene que haber competencia. Aunque la hay entre los canales locales y los internacionales. Yo haría que los canales locales no fueran vendibles al extranjero, y además creo que el Estado debería consolidar un medio como Canal 7 y hacerlo más cultural. Hay muy pocos que escuchan esas cosas, pero esos pocos son muy importantes.
-¿La inmensa minoría que se interesa por la cultura?
-Sí, y es una minoría importante y significativa, que es, un poco, la que desarrolla grandes valores culturales, aunque esos valores no sean prioritarios ni populares. En realidad, lo que no es prioritario es que el Gobierno se dedique mucho a eso, pero que haya un canal de televisión que se dedique a la cultura es distinto, así como es muy bueno que exista el Teatro Colón. Y está bien que el Gobierno gaste en eso, porque, además, el Colón no es sólo para los ricos, porque también están los que van al Paraíso.
-¿Volvería a la función pública?
-No. La verdad es que nunca quise ocupar un cargo público. Dos días antes del 25 de mayo, el vocero me llamó para convencerme. «Cristina te lo pide, el Presidente te lo pide…» Pero no me arrepiento de haber aceptado. Bueno, las dos primeras semanas las pasé enfermo, porque mi cuerpo no soportó la tensión. Y el mes siguiente lo pasé preocupado por una serie de cosas. Después me resigné y dije: «Bueno, vamos a hacer lo que se pueda con todo esto». Claro que con poca plata y con problemas, pero me adecué.
-¿Sus declaraciones escandalosas tuvieron una intención humorística, son fruto del escepticismo o un desahogo por cuestiones que lo perturban?
-Las cosas que decía no las decía para desahogarme ni por hacer lo que puede llamarse una bufonada… A mí me viene como algo natural decir cosas con humor, pero la gente muchas veces no me entiende.
-¿Por falta de humor?
-Sí. Mire… es bueno que la gente se empiece a avivar de algunas cuestiones… Hay gente que ya se ha dado cuenta, y no por mí, sino porque hay una evolución. La gente madura. Pero yo, de todos modos, estaba consciente de que hay cosas que puede decir un intelectual y que no las pueden decir el ministro de Justicia o el de Economía. Yo no es que diga cualquier cosa, pero a veces digo lo que pienso de una manera humorística, o a veces me paso de nivel, pero, bueno, eso siempre pasa… Pero dentro de un modelo, yo creo útil que el intelectual sea un individuo que se toma licencias poéticas. Pero los intelectuales no se toman esas licencias, tanto los que están en el Gobierno como los que están en la oposición. La seriedad es un desastre nacional.
-Cuando comparó a la Secretaría de Cultura con un circo, ¿lo hizo a conciencia?
-Yo dije en una entrevista que la Secretaría de Cultura era como un circo porque hay cuarenta instituciones que dependen de ella. Y están todos peleados entre sí, con problemas económicos y sindicales. En la misma Secretaría de Cultura, los personajes están todos peleados entre ellos. Y ésta es la realidad… Un tipo que dirige un circo tiene que estar dispuesto a tomar decisiones: a la pantera la pone en un lado y al mono en otro lado, y también hay que poner en su lugar al elefante, que cada tanto larga un poco de estiércol, y no está mal, porque es el costo de tener un circo. Un periodista me dijo: «¿Por qué hace esa comparación del circo?», y yo le contesté: «Cualquier organización a gran escala es así», y él me dijo: «¡Ah!, entonces el Gobierno es así», y yo le dije que sí, y que Kirchner era el dueño del circo. Bueno, al día siguiente, en el Diario Popular, en tamaño catástrofe, salió: «Di Tella dice que el Gobierno es un circo»… Pero yo no dije eso. Bueno, lo dije… pero no lo dije. Y ha ocurrido en más de un caso… Pero le repito: hay gente que no entiende. .
Por Sebastián Dozo Moreno
Para LA NACION
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