Sebastián Dozo Moreno:
UNA TEORÍA DEL UNIVERSO.
Introducción al pensamiento filosófico de Nikos Kazantzakis, autor de Zorba el Griego y de La Última Tentación.
Un día, mientras leía, la cabeza metida en mi libro, en la Biblioteca de Santa Genoveva, una muchacha se acercó y se inclinó sobre mí. Tenía un libro abierto, había puesto su mano sobre la fotografía de un hombre que estaba en el libro, para ocultar su nombre, y me miraba con estupor.
-¿Quién es éste? -me preguntó mostrándome la imagen.
-¿Cómo quiere usted que lo sepa? -le dije.
-Pero si es usted en persona –dijo la muchacha-, usted mismo, exactamente. Mire la frente, las cejas espesas, los ojos hundidos; sólo que él tenía grandes bigotes caídos y usted no tiene.
Yo miré, sorprendido.
-Pero ¿quién es? -le dije tratando de apartar la mano de la muchacha para ver el nombre.
-¿No lo reconoce? ¿Es la primera vez que lo ve? ¡Es Nietzsche!
Niko Kazantzakis.
(Carta al Greco)
El siguiente es un fragmento de este libro, de pronta aparición en Galáctica Ediciones:
A cuarenta años de su muerte, Kazantzakis sigue siendo uno de los escritores más enigmáticos de la literatura universal. Lectores, académicos y críticos, no se deciden sobre si fue un escritor budista, cristiano, ateo militante, místico, comunista, romántico, o simplemente, un fabulador ingenioso y un librepensador audaz. Asimismo, unos lo tienen por un profeta de nuestro tiempo, y otros por un hereje recalcitrante, y unos y otros por el oscuro inspirador de los films Zorba, el Griego y La Última Tentación. Kazantzakis es, pues, un escritor que ha sido visto más que leído, y elogiado o condenado antes que comprendido, lo cual significa que su obra corre el riesgo de permanecer en la sombra cuarenta años más.
El único modo de evitar esta injusticia feroz contra uno de los más grandes genios literarios del siglo XX, es, ciertamente, esclareciendo aquellos problemas que vuelven abstrusa su obra, y de dudosa integridad su persona; “ama para entender”, decía Agustín de Hipona, pero no menos válido es que se diga: “entiende para amar”. Y Kazantzakis es un escritor digno de ser comprendido y amado, porque ante todo -más allá de sus teorías filosóficas y su aversión por cualquier creencia religiosa-, fue un hombre magnánimo y un artista formidable. De nada sirve hacer de él un autor cristiano -como tanto ha ocurrido-, para salvarlo de las maledicencias de los fanáticos que nunca comprenderán aquello de que “el espíritu sopla donde quiere”, como tampoco lleva a nada idealizarlo hasta el punto de no adoptar una actitud crítica ante su obra. Ambas posturas son igualmente perniciosas, pues hacen que su obra siga siendo mirada con perplejidad y desconfianza por el común de los lectores, impidiendo así la justa y enriquecedora apreciación de los valores reales que la obra de Niko Kazantzakis entraña.
“Entiende para amar”, he aquí la consigna que nos ha movido a iniciar este breve ensayo, consigna ésta que de ningún modo excluye la sentencia agustiniana sino que más bien la supone, ya que todo esfuerzo de comprensión humana es, al cabo, un acto esencialmente amoroso. Que así sea.
S.D.M
Dios es una Fuerza Ciega.
Digámoslo desde un principio: Kazantzakis no cree en un Dios personal y revelado. Su Dios es una fuerza ciega a la que él suele llamar “Espíritu”, o “Gran Aliento”, o “Torbellino Eterno”, pero también -y la mayoría de las veces-, “Dios”, y “Jehová”, lo cual ha generado más de una interpretación fallida con respecto a su supuesta fe religiosa. Esa fuerza o “impulso vital” (fue alumno de Bergson) que Kazantzakis exalta como la verdad última de todo lo existente, no es ni buena ni mala, ni justa ni injusta, ni pura ni omnipotente, como que una fuerza impulsiva jamás podría ser tales cosas; Kazantzakis lo dice sin ambages y con una plasticidad que Hegel y Bergson le habrían envidiado: “Nuestro Dios es hombre y mujer, mortal e inmortal, estiércol y espíritu. Engendra, fecunda y mata; es Dios del amor al mismo tiempo que Dios de la muerte; y así vuelve a engendrar y matar, bailando más allá de las fronteras de la lógica. Nuestro Dios no es omnipotente…”. Una y otra vez Kazantzakis define de ese modo a “su” Dios, esforzándose por dejar en claro que ese “Soplo Vital” está más allá del bien y del mal, como lo estaría un viento huracanado que arrasara en su avance hombres y bestias indiscriminadamente. Así también, leemos en Toda-Raba: “Dios -llamemos así al Torno Formidable- no es un suave padre de familia. Es duro. No se preocupa de los individuos; mata, crea, mata de nuevo; no entra en el marco de nuestras virtudes. ¿Que eso no te gusta? Tú hubieras querido, sin duda, un Dios afable, de rostro humano, dedos puros, vestes blancas; una especie de teósofo o de boticario, con la balanza en la mano distribuyendo a los hombres, por igual, el pan y el cerebro”; y aún agrega: “La justicia y la felicidad son somnolencias contrarias a la alta naturaleza de la vida”.
Dios es Naturaleza Voraz.
El Dios de Kazantzakis es una energía que anima todas las cosas, es, de algún modo, lo que los románticos llamaron con veneración “Naturaleza”, y que no es otra cosa que el dios griego Pan, el Gran Todo. Con un frenesí similar al que sobrecogió a Federico Nietzsche en una montaña de Suiza cuando creyó comprender el secreto del universo en la idea del Eterno Retorno, Kazantzakis, en un viaje por el Egeo, comprendió al fin que “este mundo no es el revestimiento de Dios, como yo había creído antes, es Dios mismo; la forma y la sustancia son una sola (…) Y no bien lo pensé, mi espíritu se llenó de estrellas y los ojos se me abrieron. Durante muchos años había buscado a Dios, sin ver que estaba delante mío”.
Es de esta creencia en Pan de donde se derivará el “pánico” que Kazantzakis sentirá toda la vida al pronunciar el nombre del que no tiene nombre puesto que no tiene rostro, ni piedad, ni crueldad, y que es al cabo una fuerza ineluctable que avanza invicta a través de la materia visible, creando y matando con un mismo ademán impulsivo a animales, hombres, civilizaciones y universos: “No queremos, Padre, que nos devores”, es la súplica impotente que afluye a los labios de Kazantzakis al inicio de Carta al Greco, y que no es muy distinta a la súplica instintiva que se lee en los ojos despavoridos de una gacela en fuga, como que Kazantzakis lo llama a Dios una y otra vez: “León hambriento de la selva del cielo”. También el Dios de Jesús en La Última Tentación es un monstruo voraz: “Estoy harto -dice Jesús en el desierto-, de halagar a Dios, el devorador de hombres, y de llamarlo Padre para ablandarlo a fuerza de obsecuencias”; y en otro pasaje: “Jesús guardaba silencio. Por la ventana veía resplandecer bajo el sol, inmenso, el Templo de Jehová, semejante a una fiera invisible en cuyas fauces negras y abiertas desaparecían hombres procedentes de todas partes como abigarrados rebaños”. Y Francisco, a su vez, en El Pobre de Asís, habla de Dios como de un león, y el mismo compañero fiel de Francisco, el hermano León, dice en un momento apiadándose de su santo amigo: “Sabía que cuando Dios se apodera de un hombre, lo arrastra inexorablemente de cima en cima, hasta destrozarlo en mil pedazos”.
Al que lee a Kazantzakis con ojos cristianos, le pasarán inadvertidos los numerosos pasajes de sus obras que contienen parte de su credo filosófico, pero hay que decir que hasta en sus obras aparentemente más cristianas como El Pobre de Asís, Cristo de Nuevo Crucificado, La Última Tentación, y Hermanos Enemigos, Kazantzakis expone a cada momento su muy particular pensamiento acerca de Dios, el mundo y el hombre. Pero ocurre que Kazantzakis suele utilizar términos propios de la doctrina cristiana con un sentido absolutamente distinto al que en esa doctrina poseen, y este es el principal motivo de que su obra se preste a infinidad de equívocos.
Dios es un Ritmo de Opuestos.
Esa fuerza ciega, pánica e inexorable a la que Kazantzakis llama Dios, no es uniforme y pacífica. Avanza (o fluye) de un modo dialéctico, es decir, en virtud del enfrentamiento continuo de realidades opuestas: vida y muerte, luz y sombra, amor y odio, paz y guerra… “Amo la afirmación y la negación”, dice Kazantzakis en una carta refiriéndose a los “dos rostros de Egipto: el verde y el gris”, e igualmente, en su libro dedicado a España, dirá que esta nación posee “dos caras. Una de ellas, el rostro ardiente y anguloso del caballero de la Triste Figura, la otra la testa práctica y ponderada de Sancho”. Todo (hasta las naciones) se define por el enfrentamiento de dos realidades opuestas que amorosamente buscan su conciliación en el abrazo de una contienda infinita. No es otro el sentido último del breve episodio de La Última Tentación en el que el apóstol Andrés descubre, al amanecer, que Cristo y Judas habían dormido abrazados toda la noche: Judas representa el mal, la traición, Cristo el bien, la fidelidad, pero ambos -en tanto que opuestos-, son paradójicamente lo mismo, pues ninguno podría existir sin el otro: sin traición no habría Redención, más aún, es gracias a la traición de Judas que Cristo podrá cumplir con su misión salvadora. Es lo que dice también Francisco en El Pobre de Asís: “Judas es un servidor de Dios, como los demás. Y si Dios lo ha señalado para traicionar, cumple su deber traicionando”; y en Ascesis leemos: “A cada uno su camino propio hacia la salvación: a uno la virtud, a otro el mal”. La traición de Judas conviértese así no sólo en un elemento necesario de la historia de la Salvación, sino en algo positivo: el bien y el mal son una misma cosa, lo cual quiere decir, sencillamente, que el bien y el mal no existen, que Dios y el Diablo son lo mismo: “¿Quién puede reconocerlos -dice Jesús en La Última Tentación-, intercambian sus rostros, y ya Dios se transforma en tinieblas, ya el demonio en luz, de suerte que el espíritu del hombre se confunde”; y en cierta ocasión en que Judas lo interroga a Jesús acerca de quién lo ha enviado, el hijo de María murmura: “No lo sé, no lo sé. Acaso sea Dios, acaso también… Se detuvo, pues el miedo había anudado su garganta”. El Cristo de Kazantzakis sabe que Dios y el Diablo son lo mismo, al igual que él y Judas: “Jesús se volvió, sorprendido (al oír la voz de Judas), le pareció que aquélla era su propia voz, aunque tenía un tono más grave y alegre”.
Dios es un Viento Erótico.
La vida, y todo lo existente, es un ritmo incesante de opuestos, pero la oposición esencial sobre la que se funda el enfrentamiento de dos realidades es “lo masculino y lo femenino”, que es como decir “lo activo y lo pasivo”, “lo fuerte y lo débil”. Sin esta oposición la constante lucha de realidades contrarias no sería posible, pues no habría lucha alguna si un elemento no quisiera imponerse sobre otro elemento. Además, lo que genera la vida, lo que pone en movimiento al Torno Formidable, no es sólo la lucha de opuestos, sino la violenta cópula resultante de esa lucha, y esta cópula sólo es posible tratándose del enfrentamiento de un elemento masculino y otro femenino. Por eso dice Kazantzakis que “Dios es un Viento Erótico”, y en otra parte de Ascesis añade: “Mi corazón se abre y mi mente se ilumina; este terrible campamento en armas que es el mundo, se me aparece de pronto como un vasto jardín de amor. Dos vientos contrarios y violentos, el viento macho y el viento hembra, se han encontrado y chocado. En lo que dura un relámpago, se han espesado y se han equilibrado, haciéndose visibles. La encrucijada de su encuentro es el Universo; la encrucijada de su encuentro es mi corazón”. Y el viento macho es el espíritu, y el viento hembra es la materia: “La materia es la esposa de mi Dios. Juntos luchan, lloran y ríen, gritando desde el fondo de la alcoba de la carne. Ellos se unen, dan a luz y se separan. La tierra, el mar y el cielo se pueblan de plantas, de animales, de hombres y de espíritus de mil especies. En cada criatura viviente la Pareja se une, se desune y se multiplica”. Aquí “Dios” es la fuerza anímica de la naturaleza, y la materia del mundo es la “esposa”, pero para Kazantzakis Dios y la materia son una y la misma cosa en el seno de su furor erótico: “Yo llamo Dios a todo”, dice el cretense en alguna parte.
Asimismo, al referirse a “la sugestión erótica” de la Alhambra en España, Dos Rostros, Kazantzakis habla de las fuerzas masculinas y femeninas arcanas e imponentes que han creado el mundo visible e invisible: “Una vez que uno ha observado estos juegos arquitectónicos y musicales, el misterio se desvela súbitamente: todas estas maravillas no consisten más que en dos líneas que se persiguen mutuamente (…) La línea femenina juega y se esconde. La otra, la línea masculina, corre tras la primera. Entonces ambas se detienen a descansar la una junto a la otra, se entrelazan, se funden, se completan mutuamente en un círculo, reposan un momento, se encierran en polígonos solazándose mientras se satisfacen la una a la otra. Entonces, de repente, una de las líneas escapa, comenzando de nuevo la eterna persecución, angustiada, sensual, como un torbellino”. Y puesto que Kazantzakis posee la extraña capacidad de plasmar en vívidos relatos sus pensamientos más abstractos -como que es un poeta antes que un filósofo-, esta idea de las fuerzas masculinas y femeninas solazándose por breves instantes de violenta fugacidad para luego proseguir su eterna y vertiginosa persecución mutua, no está mejor expresada en otra parte que en ese episodio de Hermanos Enemigos en el que Drakos, el feroz hijo del pope del pueblo, se arroja sobre una mujer ajena para poseerla con pasión homicida: “La mujer luchaba desesperadamente para escapar valiéndose de los pies, los puños y las uñas. Las piernas de ambos se unían y se desunían por turno, hasta que poco a poco la lucha fue degenerando en abrazo”.