Defensa de la clase media

No hay que ser un erudito, ni un doctor en ciencias sociales o políticas, para saber que la civilización plantó sus bases sobre la piedra angular de un supremo valor: el punto medio. Que en moral se llama virtud; en Derecho, justicia; y en el orden de los sistemas políticos, democracia. Con un formidable instinto de preservación y progreso, la humanidad, imitando a la madre naturaleza (sabia en equilibrios y proporciones), buscó la verdad de las cosas, siempre, en un lugar equidistante entre dos extremos. Entonces, concluyó que la valentía es un valor auténtico, porque está en el centro o medio de dos polos opuestos: la cobardía y la temeridad. Así como la humildad está en el medio entre la soberbia y la pusilanimidad, y la generosidad lo está entre la avaricia y el derroche. Y esto, no porque los filósofos o los estadistas de la antigüedad lo determinaran en forma arbitraria, sino porque así lo dicta el sentido sano y común de la especie. Las jerarquías sociales no escapan a la regla, y la clase media resulta ser, fiel a su nombre, el punto medio y mejor de una sociedad, cualquiera fuere.

El hombre de la clase media u «hombre medio», no nada cómodamente en la abundancia, ni se ahoga en un pozo de angustiosa indigencia. Esto le permite no caer en los vicios propios de las clases extremas: el rencor de los muy pobres, y la soberbia de los ricos. Hablamos, desde ya, en sentido general y no particular, porque siempre hay excepciones que confirman el precepto. La miseria y la riqueza se tocan en tanto que opuestos. Son condiciones sociales que de uno u otro modo envilecen y disipan. No son el estado ideal de un ciudadano. En cambio, una situación socio-económica mediana, promueve sentimientos y virtudes moderados, que son, en un amplio sentido, propicios a la civilización y la cultura.

El hombre y la mujer medios, son los guardianes de los máximos valores cívicos. Sin caer en el esnobismo propio de la clase opulenta, ni en actitudes despreciativas a ultranza propias de la clase desposeída, respetan y practican las tradiciones, que son las costumbres que se transmiten de generación en generación como un precioso legado: buenos modales, hábitos de higiene, espíritu de lucha y superación, confianza en la conveniencia de formarse moral, cultural y profesionalmente, voluntad de ahorro, aprovechamiento del ocio (ya sea por medio de la lectura, el estudio, la práctica de un deporte, o la recreación en familia), honestidad laboral, solidaridad social, inquietud intelectual, fe religiosa y ánimo patriótico (amor por la nación a la que, providencialmente, se pertenece), etcétera.

El hombre y la mujer medios no son supersticiosos como los muy pobres, ni tampoco descreídos o dogmáticos como los ricos. Tienen más bien una fe sincera no exenta de racionalidad.

No odian o envidian al rico por sus posesiones, ni desprecian o temen al pobre. Sienten compasión por los que padecen hambre, y consideran -instintivamente- a la riqueza, como una peligrosa desmesura. Son, además, los grandes generadores de trabajo.

A la hora de elegir una carrera, los jóvenes de clase media no piensan, ante todo, en enriquecerse egoístamente, sino, en llegar a ofrecer a sus semejantes un servicio profesional. Y es así que de esta clase salen la mayoría de los médicos, arquitectos, ingenieros, empresarios, técnicos, comerciantes, periodistas, maestros, sicólogos, científicos… de una sociedad.

Asimismo, es del seno de la clase media que surgen los artistas. Mientras que el rico es comprador de arte y coleccionista, y el pobre no puede darse el lujo de interesarse en cuadros o esculturas, el hombre y la mujer medios, en su calidad de personas instruidas y trabajadoras, son quienes crean obras bellas para el enaltecimiento del espíritu, y la consolidación de la identidad de un país.

Esperanza de una nación

La clase media es la fuerza y la esperanza de una nación. Estudia, trabaja, se forma, sirve, lucha, ahorra (o procura hacerlo), con fe y con ideales. El hombre y la mujer medios, son el magnífico resultado de siglos de filosofía, guerras, revoluciones, progresos científicos, técnicos y humanistas. La clase media es el triunfo de la justicia sobre la barbarie. Por eso, quien odia o desprecia a esta clase, odia el corazón mismo de una sociedad. Odia el progreso y las tradiciones que hacen digno y próspero a un pueblo. Asimismo, quien odia a los hombres y mujeres de la clase mediana, desprecia todo lo creado por ellos: las instituciones democráticas, la educación, la paz, la honradez, la voluntad de ahorro, así como los múltiples derechos que ellos mismos «supieron conseguir»: la libertad de prensa, así como la de viajar, de disentir, de manifestarse, de caminar por la calle sin temor a ser brutalmente robados, o asesinados.

Si la clase media representa al hombre y la mujer comunes de una sociedad, entonces el odio contra esta clase es un odio contra el mismo bien común, las buenas costumbres, los nobles ideales, los artistas, los profesionales, y las instituciones que esos hombres y mujeres medios crearon en el marco de un sistema político genial que es su mayor proeza: la democracia.

Es comprensible entonces que muchos odien a esta clase privilegiada. Porque es, naturalmente, la que goza de las bondades de la civilización por ella forjada. Sus integrantes, son los auténticos héroes y heroínas anónimos de un pueblo. Honestos y educados. Trabajadores y amantes del buen vivir. Tan sacrificados como gozadores de la lectura y el deporte. Guardianes de los valores cívicos. Maestros, médicos, profesores, arquitectos, comerciantes, músicos… son la genuina élite de un país.

Pero el hombre y la mujer medios, tienen un secreto poder. Si ellos desaparecen, desaparece su magnífico invento: la civilización. En sus cacerolas flamantes se cocina la cultura; en sus hogares, la buena educación; en sus actos y principios morales, la justicia; en sus ideales, el futuro; en su espíritu de auto superación, el progreso. No hay populismo demagógico que pueda destruirlos. No hay odio que pueda diezmarlos. No hay presidente o presidenta, funcionario, matón o mafioso de pacotilla, que pueda aniquilarlos… sin destruirse, también, a sí mismo.

© LA GACETA Sebastián Dozo Moreno – Escritor. Su última novela es Borges enamorado

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